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“Ni corrupto, ni ladrón”. Con este lema, Jimmy Morales conquistó el voto del 67% de los guatemaltecos que acudieron a las urnas en la segunda vuelta electoral.

De 46 años, comediante, administrador de empresas, máster en estudios estratégicos y teólogo. Se dio a conocer en su programa de televisión de chistes moralistas. Casado y con cuatro hijos, este conservador reemplaza a los políticos tradicionales que hartaron al pueblo de Guatemala.

Una nación de contrastes, donde es común para muchos el uso de helicópteros para traslado personal, mientras el índice de desnutrición es del 42 por ciento. A pesar de su riqueza cultural y de sus destinos paradisíacos, ideales para el turismo, no es un país tan visitado debido a sus altos índices de violencia e inseguridad.

En las calles de este país centroamericano de 16 millones de habitantes, se percibe una nueva esperanza tras años de desencanto, donde prevaleció un 98 por ciento de impunidad. Una “primavera” que arrancó en las redes sociales con un grupo de jóvenes y que se extendió por semanas en un ambiente pacífico pero firme y valiente.

El clamor fue escuchado y provocó el añorado remezón a esta cultura de corrupción y llevó a la renuncia y detención del presidente Otto Pérez Molina y la vicepresidenta Roxana Baldetti.

El ciudadano guatemalteco se siente orgulloso, su reclamo tuvo por primera vez la incisiva investigación de una comisión internacional contra la impunidad junto con la fiscal Thelma Aldana, a la que ya le llaman “La Mujer de Hierro”.

Ahora está en las manos de Jimmy Morales dar seguimiento a esa nueva institucionalidad democrática.

Las expectativas son muchas y abundan las interrogantes por su inexperiencia política y el poco apoyo del congreso con solo 11 diputados de su partido. Pero la mesa está servida para él y su nuevo equipo a partir de enero. El pueblo decidió darle la oportunidad.